martes, septiembre 14, 2010

El secuestro del jefe Diego

Ayer se difundió por los medios el tercer mensaje que da noticia sobre la situación del secuestro del ex senador Diego Fernández de Cevallos. Este mensaje es particularmente llamativo por el hecho de que se acusa que los cercanos del secuestrado han abandonado el proceso de negociación sin dejar señales de un interés por rescatarlo. Para añadir dramatismo a la noticia, los "desaparecedores" incluyeron un breve perfil del ex senador en donde se resalta su posición social y política, su caracter déspota y su poca popularidad. La noticia está coronada con una nueva foto en la que otra vez se muestra al viejo vendado y con el torso desnudo, sosteniendo un fotografía en la que aparece de gala a lado del ex presidente Salinas. Esta noticia ha sido recibida de muchas maneras, incluso escépticas, pero yo quiero hacer un señalamiento más bien de índole moral.

Una de las divergencias de opinión que ha generado todo este episodio es acerca de la censura o alabanza dirigida a los secuestradores: ¿Cómo tenemos que juzgarlos? ¿Son héroes o delincuentes? ¿Sus acciones son encomiables o reprensibles? Me interesa comentar este punto. Partiré con un comentario a una opinión lúcida manifestada en este mismo blog, que asestaba lo siguiente:

Fernández de Cevallos habría de ser juzgado por sus buenas o malas obras... en un sentido más bien jurídico o penal. El asunto es que, en un país con una historia tan larga y pesada de impunidad y atropellos hacia los que menos tienen, parecemos conformarnos e, incluso alegrarnos con la llamada "justicia poética"... El sufrimiento de un cacique y su familia no repara 100 años de injusticias y atropellos políticos en este país... El hecho del secuestro o muerte de cualquier persona es un evento lamentable y condenable, por más nefasto que resulte el secuestrado en cuestión. La injusticia se paga con justicia, no con más injusticia... No debemos, en un arrebato de sentimiento de compensación, degradar nuestra dignidad al nivel de aquellos que históricamente han pisoteado el derecho de bienestar de los mexicanos.
Hay muchas ideas importantes qué señalar; pero me limito a subrayar tres puntos. Por un lado, la importancia de la legalidad, y de entender la justicia bajo este marco de común acuerdo entre los miembros de una sociedad. Por otro lado, la pusilanimidad de satisfacer nuestras expectativas de redención en una vengadora "justicia poética". Y finalmente, la idea transversal del juicio que corresponde formular en relación a Diego.

Roberto Vivero pretende conducir la discusión al área del derecho. Sostiene que es ahí donde se tienen que juzgar las acciones de los delincuentes. Es evidente que tiene que ser así en cuanto a lo que se refiere a las infracciones contra el estado de derecho: el hombre tiene que rendir cuentas por cuanto
s quebrantos de la ley haya cometido. Así pues, México debe llevar a juicio político a quien haya abusado de los poderes que el Estado le concedió. Pero la sugerencia de una "justicia poética" en la que presuntamente los mexicanos buscamos satisfacer nuestras ansias punitivas, por cuan ilustrativo y atinado que parezca en su área, no es apropiado para enfocar el problema de las emociones en lo referente al juicio moral.

Es verdad que mucha gente ha visto la desaparición del viejo panista como un signo de justicia. Esto es en parte lamentable por las mismas razones que expone Roberto Vivero. Lo que me preocupa es que se desdeñe el hecho de que muchos mexicanos estemos muy lejos de sentir abatimiento por el desenlace de la vida de este hombre, y que la razón de este sentimiento generalizado sea una respuesta moral justificada. Me explico.


Un problema serio de la filosofía moral kantiana, y que se ha vuelto además un lugar común de sus críticos escolares, es la nula vida emocional del agente virtuoso. Para que una persona actúe moralmente debe actuar por respeto hacia la ley moral. Y cualquier otra causa que motive a la acción abandona el terreno de la libertad para entrar al terreno del determinismo del mundo natural. La corporalidad de las emociones: la alegría, la tristeza, el enojo, la decepción, toda emoción relacionada con la vida moral parece quedar, entonces, desterrada de la vida virtuosa. Esto es una grave distorsión de la relación entre las emociones y la moralidad. Y tenemos que evitar esta distorsión, si hemos de reflexionar acerca de valores.

Es verdad que el principal motor de las ansias kantianas por expulsar los sentimientos del juicio moral es rehuir de la contingencia en pos de la objetividad. Es un lugar común la idea de que la razón regula la temperatura emocional a su punto ideal --el grado cero--, y que de esa manera es capaz de producir juicios objetivos. Esta idea tiene cierta plausibilidad. Todos hemos reconsiderado algún agravio a la luz del posterior sosiego de la ecuanimidad, y descubrimos que nuestras consideraciones anteriores eran viscerales, que el nuevo juicio es más atinado al no estar influido por nuestra efervescencia emocional. Esta es claramente una idea negativa acerca de la relevancia de las emociones para la inteligencia práctica.



Bajo un lente aristotélico, es posible pensar que la única manera de juzgar atinadamente ciertos objetos de orden moral es bajo estados motivacionales específicos, por ejemplo, una emoción determinada. Es atinado enojarse ante la recepción de una injuria y es incorrecto no hacerlo (Aristóteles, Ética Nicomaquea, Libro II). Esto nos da pie a pensar que incluso ciertos fenómenos son aprehensibles moralmente sólo desde un estado tal que pueda ofrecer una comprensión atinada del fenómeno vivido.

El punto que quiero señalar es que la crítica mora
l cabe en el tema del secuestro de Fernández de Cevallos, y que las emociones juegan un papel importante. Todos aquellos que más o menos hayamos tenido seguimiento de la trayectoria de este hombre, conocemos su baja calidad moral. Y le atribuyo a este juicio moral el hecho de que me amargue el rato observar el rostro de este hombe en el televisor. La evaluación moral no es una cuestión de meros gustos, se basa en el reconocimiento de los rasgos morales de una persona. Más o menos de modo análogo a cómo fruncimos el seño al chupar un limón, o como uno cierra los ojos ante el flashazo de una cámara, igualmente se tiene una respuesta emocional (motivacional) negativa al contemplar libremente auténticos rasgos de corrupción.
Ahora la discusión da para mucho y yo sólo quiero precisar algunos pequeños puntos acerca de la importancia de los sentimientos contra este hombre. Básicamente: que el hombre se los ha granjeado. Es una respuesta razonable al tipo de persona que es. Por así decir, si no te hierve la sangre contra este hombre, es que simplemente no has comprendido su grado de corrupción; no has logrado formarte un juicio atinado sobre su persona. Incluso se ha acusado que las personas que no experimentan la indignación moral en este sentido, si no modifican sus creencias y actitudes, es porque juzgan con indolora hipocresía [vid. G. Lipovetski, El crepúsculo del deber, Anagrama].

La importancia de estos señalamientos proviene del surgimiento de algunas voces que, como la de mi colega Roberto Vivero, se horrorizaran por el triste hecho de que hubiera personas que sintieran satisfacción por el secuestro del jefe Diego. Pero la estrategia de Vivero fue inteligente, él se refirió en todo momento a una cuestión de distribución de justicia y decidió que el asunto debía tratarse en términos de derecho. Pero hay personas menos buzas que sí abordaron esta complicada cuestión por su vertiente moral, y lo hicieron –no es sorprendente– con graves deficiencias éticas.
Tal es el caso de la sra. María Luisa Díaz de León del periódico El Economista, que publicó una nota moral muy confusa los primeros días de la desaparición del viejo político. En esa nota brilla con sublime convicción el principio categórico:  "No desees a los demás lo que no deseas para ti mismo". Ahora, hay que decir que a pesar de su extendida popularidad, el filósofo prusiano Immanuel Kant demostró en el s. XVIII que la "Regla de oro" no logra pasar la prueba de universalizabilidad moral, y esto la invalida. Como mucha gente, María Luisa cree que no se le debe desear mal al prójimo porque a nadie nos gustaría que los otros se alegraran de nuestras desgracias. Explica: “A mí el jefe Diego no me simpatiza pero esto no es razón para desearle el mal”. Lo diré de esta manera: hay muchas y muy graves distorsiones morales en esta forma de pensar. Primeor, no tiene mucho sentido dar el mismo trato a una persona virtuosa y a una persona viciosa. Si creemos que no hay nada de erróneo en esto, es que no comprendemos el sentido de la institución moral. La crítica moral precisamente consiste en la modificación de nuestras opciniones y actitudes hacia las personaes inmorales. Puede ser que quienes suscriben la "regla de oro" sientan se sensibilizan frente al sufrimiento de la esposa y demás familiares de Diego: al fin --dirán-- ¿por qué tienen que pagar otros por los pecados del viejo político? Pero la experiencia emocional que muchos mexicanos sentimos hoy no está dirigida contra la familia de Diego, sino contra el mismo Diego y sólo contra él.
Ahora, a diferencia de como cree la sra. María Luisa, cuando hablamos de moral no hablamos de simpatías o antipatías, sino de virtudes y vicios. Es claro que de un mero gusto no se deduce un valor moral. Al jefe Diego no lo reprobamos porque nos caiga mal, sino porque es un cínico criminal, y lamentablemente uno intocable por el sistema corrupto de nuestro país.  Entonces, sostengo que se debe atender a las consideraciones de esta situación con delicadeza para inferir un juicio crítico que tienda a concebir objetivamente el mérito moral de Diego. El problema con la “regla de oro” es que concede demasiado para él: supone que todas las personas merecen el mismo respeto siempre y bajo cualquier circunstancia. Pero no: es necesario poder evaluar el mérito de las personas, justo eso es lo que le da sentido a la institución moral. Es parte de nuestra naturaleza ser sensibles a este tipo de aspectos del mundo, no podemos negarla sin negar simultáneamente nuestra experiencia humana.
Ciertamente hay una tradición religiosa que promueve el perdón y la compasión hacia el prójimo, y yo le guardo mucho respeto. Pero creo que hay mucho que reflexionar al respecto, y no deseo defender ninguna gran tesis por el momento. Sólo señalaré brevemente un punto delicado. La idea de "poner la otra mejilla" ante las injurias que recibimos por parte de otros puede ser una actitud muy peligrosa. No la condeno, pero sí quiero sostener --por el momento sin argumento-- que México es un país que necesita de una moral menos cristiana en este aspecto. Históricamente, el nuestro ha sido un país abusado por las grandes potencias mundiales, que han impedido su desarrollo económico e incluso espiritual. No sería muy difícil encontrar la conexión de estos abusos con nuestro precario estado de inseguridad actual. La moral cristiana debería valer sobre todo para esas potencias mundiales neo-colonialistas, y no para los países que explotan.


Ahora, por supuesto no negaré que hay algo lamentable en la falta de compasión y humildad, como bien lo observan Roberto y Maria Luisa. Pero no se tiene que perder de vista el punto central de la cuestión: lo lamentable es que presenciamos el desenlace de una larga vida de corrupción, y de sus efectos negativos sobre los ciudadanos de una dolorosa nación. Los mexicanos somos las víctimas de este personaje ruin. Ciertamente cometió crímenes y éstos son materia del Derecho, pero su ilegalidad raya en lo inmoral. Y moralmente es como se decide el tipo de trato que merece ese viejo político de nuestra parte, de sus víctimas.

Hasta este punto no he dejado de referirme a las actitudes morales del ciudadano corriente, no a los captores de Diego. No me parece que una actitud de indiferencia ante la "mala suerte" de ese hombre tenga nada que ver con un inmoral desprecio hacia la vida humana o algo por el estilo. Al contrario, tendría un peor impacto para el orden moral resistirse a reprobar a un hombre reprobable: implicaría una falta de respeto hacia sus víctimas. Las razones morales expuestas en un juicio, si están plausiblemente justificadas, legitiman el repudio y la intolerancia hacia la conducta corrupta de un hombre corrupto. Porque no tiene sentido tolerar lo intolerable, no tiene sentido darle un trato digno a lo que es indigno (aunque hay que matizar este punto). Las razones morales que legitiman el repudio sólo están disponibles para las personas que han logrado sensibilizarse lo suficiente, quienes logran captar los valores implicados en una determinada situación.
Pero vuelvo a la difícil pregunta inicial de mi texto: ¿son los secuestradores elogiables o reprobables?
Por supuesto actúan en la ilegalidad. Pero ¿este sería un buen criterio para juzgarlos moralmente? No lo creo. Esta cuestión nada trivial no puede ser resuelta con los elementos de que disponemos a estas alturas. Se sabe muy poco acerca de sus propósitos. Bajo la hipótesis de que representan un grupo revolucionario, tenemos razones para creer que sus acciones tienen alguna positividad a ser discutida. Este hecho no puede ser ignorado. Las acciones pueden ser debatidas desde distintas concepciones acerca del valor moral. Pero cabe la posibilidad de que los secuestradores tenga, de hecho, algún mérito moral. Y esta sola posibilidad es lo que me interesa señalar. Sólo queda suspender el juicio hasta nuevo aviso.
Sin embargo, es posible considerar momentáneamente a los secuestradores por los efectos de sus acciones. Al fin, son los captores de uno de los políticos más corruptos en México, una de las ratas más viciosas en nuestro triste país plagado de ratas. Y eso es siempre causa de celebración.

5 comentarios:

Carlos V. dijo...

Hola Robert.

Buena réplica a Vivero. Sin embargo, creo que aún se esconden algunas trampas que motivan tu argumentación. Como se dice popularmente, "bajita la mano" estás de acuerdo en que el secuestro de Fernández de Cevallos no es un acto reprobable y, por tanto, no es estrictamente inmoral. Afirmas, si te entiendo bien, que la compasión ciega no es recomendable, pues ante alguien que ha decidido convertirse en un ser indigno, se le puede negar, razonablemente, eso sí, la compasión.
Todo esto implica, según alcanzo a notar, que razonablemente uno debe aplicar la moralidad según la calidad ¿moral, humana? de la persona en cuestión. Esto suena como a una vieja definición de Justicia, a saber, "dadle a cada quien lo que merece".
Entonces, ¿se hallan en un error quienes sienten compasión por personaje tan miserable como Fernández de Cevallos? ¿O será, más bien, que pretendes argumentar solamente que no es malo sentir, razonablemente, cierta satisfacción por lo que le ocurre Fernández de Cevallos?

Roberto dijo...

Creo que tu última pregunta es atinada. Sí, me importa sobre todo encontrar las razones que justifican el extendido sentimiento de alegría ante el suceso.

Ahora, estoy de acuerdo con que la moralidad no se impone siempre como la razón por la que tenemos que optar ante toda situación; pero sí digo que uno marca la distinción entre gente digna e indigna gracias a la moral.

La repartición de justicia es algo que compete a los órganos legales. Pero los juicios morales son algo que compete a todo mundo (bueno, al menos prima facie). No elogio necesariamente a los secuestradores, pero sí es algo bueno que un foco de corrupción tan grande como el jefe Diego sea apagado. Y este juicio lo sostiene por supuesto una razón esencialmente moral.

En cuanto a la compasión, prefiero no pronunciarme. Creo entrever la bondad de quienes la eligen, pero por mientras no he sabido de alguien que ofrezca una visión convincentemente compasiva de este caso. Muchos saludos, y gracias por comentar.

Carlos V. dijo...

De nuevo, un gusto comentarte.

Lo que comentas me hace pensar en otro punto interesante, pues señalas que es algo bueno que un foco de corrupción como el jefe Diego, sea apagado. Es decir, siendo él alguien "malo" no es injusto (en sentido moral) que reciba un mal. Dicho en otros términos, que se le haga un mal a un maloso, no es tan malo (como dice el dicho: "ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón").

En la grabación del último número de Íngrima, la revista en la que trabajo con Josu Landa, Guillermo Hurtado fue invitado al debate y salió a colación en la discusión que, por ejemplo, el Franquismo no fue del todo malo, porque gracias a él los españoles exiliados impulsaron la cultura mexicana (esto lo sostuvo Carlos Oliva). Hurtado, fúrico, replicó de inmediato: "Del hecho de que algo malo se desprenda algo bueno, no le quita lo malo a aquello".

Lógicamente, es decir, razonablemente, esto es verdad. Más todavía, afirmar que lo que le ocurrió al jefe Diego no es bueno, pero tampoco es del todo malo, entraña implícitamente el sentimiento de una venganza cumplida. De este modo, razonablemente podemos decir que es malo que se secuestre a alguien, en general; pero a una escoria como el jefe (nótese la viceralidad del adjetivo), la verdad no es grave, es más, hasta parece justo.

Pero me interesa recalcar esto de que secuestrar, en general, es malo por sí mismo (según la moral vigente en nuestro contexto) y, sin embargo, la negatividad inherente al secuestro se diluye en una persona concreta que también parece negativa en sí misma (entiéndase "mala"). La fórmula parece un asunto algebraico, entonces, a saber, "menos por menos, da más"; o sea, secuestrar es negativo, Fernández es negativo, luego que a éste se le secuestre es positivo. Esto es absurdo y se puede comprobar invirtiendo los términos. En efecto, "menos por menos da más" implica que "-y por -x da +xy" o "-x por -y da +xy"; es decir, el orden de los términos no altera el producto.

De modo que, si secuestrar es negativo y Fernández también lo es, entonces que éste cometa secuestro también es positivo.
De este modo, que él (que se supone es "malo") padezca secuestro, siendo esto también "malo", resulta razonablemente positivo; pero que él (siendo "malo") cometa secuestro, que también es "malo", no creo que sensatamente derive en algo positivo.

Sostengo entonces, que, en sentido estricto, no hay razones para creer que lo que le ocurre a Fernández es algo "no tan malo", sino que dicha afirmación proviene de un sentimiento de anhelo de justicia o de venganza, o como quiera llamársele. Pero en tanto que la moral pretende ser racional (según la filosofía, claro está); no puede haber justificaciones morales o razonables que califiquen de "no tan malo" lo que le ha ocurrido a Fernández.

Todo esto sería tanto como admitir que, por ejemplo, cuando a un secuestrador cualquiera, que tortura a sus víctimas, le acontece una desgracia grave, ello tampoco sería tan malo, pues siendo "indigno", también se lo merece.

Llevado al extremo este argumento y, dado que la pena de muerte resulta algo "malo" según nuestro contexto, ¿por qué entonces no instaurarla? Si un mal hacia alguien malo no es tan malo, ¿por qué seguir siendo tolerantes?

Qué gusto que estimules buenas reflexiones.

Un abrazo.

Roberto dijo...

Carlitos:

No, creo que no me he dado a entender bien. Lo que dice Hurtado es atinado. De lo malo no se sigue lo bueno. Pero pienso que, sea como sea, ponerlo en esos términos no ayuda a clarificar en mucho la cuestión.

Yo estoy de acuerdo en que matar es una acción nefasta. Pero esto es algo mucho más difícil de pensar cuando la acción es llevada a escenarios reales, complejos. Cuando digo que es más difícl, no digo que lo malo de matar desaparezca o se atenue. Digo que, al ser visto desde distintas perspectivas, surgen varias formas de comprender la situación. Es posible que una acción nefasta, sea no obstante, TAMBIÉN, una acción positiva. ¿Positiva en qué sentido? Positiva si se lee como la desaparición de un foco de corrupción. Esto último me parece intuitivamente verdadero, y muy difícil -si no imposible- de negar.

Ahora, hay quienes quieren hacer ver que no hay ninguna razón para verle algo de bueno a un secuestro. Y ya dije que se equivocan.

Mi estrategia para sostenerlo es la siguiente. Distingo el concepto de acción intencional clarificado por Anscombe/Davidson. Pienso que una acción tiene diversas lecturas, y que todas sus consecuencias son atribuibles a un mismo agente, pero la acción intencional no: sólo en la medida en que se sigue de los deseos del agente. Creo que los secuestradores deben ser comprendidos desde esta doble perspectiva: la que ellos miraron en la acción (su propia perspectiva); pero también desde una perspectiva más amplia, externa a ellos.

De momento no sabemos qué es lo que ellos (los secuestradores) ven en su acción fuera de un mero medio para algo incierto. Ahora, nosotros podemos tomar la postura de que secuestrar es siempre negativo sin importar los fines para los que se haga. Y supongamos que así es. Lo que quiero sostener es que no se sigue, por esto, todos deberían tomar una actitud negativa hacia la desaparición del jefe Diego. Es verdad que los secuestradores pueden ser condenados moralmente, ¿pero ahí termina todo el análisis del caso? -No.

¿Qué más podemos decir? Por ejemplo, podemos leer el evento de otra manera. Podemos decir que el jefe Diego dejará de actuar corruptamente. Y alguien pregunta: ¿por qué pasará eso? -Porque ha desaparecido quizás para siempre. -¿Pero es necesario que la gente corrupta desaparezca o sea muerta para detener la corrupción del país? -No. Bastaría con que dejen de actuar corruptamente. Mas nuevamente, alguien corrupto ha dejado de corromper gente. Y específicamente esto es razón para alegrarse. Y alguien podría insistir que esta “razón” nada tiene que ver con la moral. Y respondo: claro que sí, es moral promover los valores morales y censurar los inmorales. Una forma de promover estos valores es quizás manifestar una actitud positiva ante un suceso moralmente positivo: cuando alguien celebra la bondad de una persona o bien cuando celebra la desaparición de la maldad. Lo que se infiere de esto es que quienes se alegran por el cese de acciones corruptas como las del jefe Diego es una actitud findamentalmente moral, y a saber, una actitud moral positiva.

Roberto dijo...

Ahora, al desconocer las intenciones de los secuestradores no podemos atribuirles intencionalmente de momento esta lectura; sino sólo por extensión. Pero asumamos que lo hicieron con la intención consecuencialista de contribuir con la desaparición de la corrupción en México. Quienes defienden que el secuestro es siempre censurable, pueden dormir tranquilos: los secuestradores siguen siendo censurables. Pero no obstante todavía se les atribuye a ellos una consecuencia positiva: a saber, la promoción de un aspecto innegablemente positivo. El límite ético al que llegamos es la contradicción del juicio deontológico que censura la acción; y del juicio teleológico que elogia la acción por sus “efectos positivos”. Uno puede simpatizar con una u otra tendencia. Yo creo que este caso es complejo y ninguna tendencia debe ser rechazada a favor de la otra en la codificación de una fórmula definitiva para discriminar casos, como en la elaboración de un sistema moral. E incluso quizás también habría que considerar la posibilidad de que la naturaleza misma de la moralidad contenga en su corazón esta trágica ambigüedad insoluble. Quizás la condición humana es que no hay tal fórmula...

Muchos saludos.